sábado, 20 de febrero de 2010

Hasta el ser más pequeño puede cambiar la historia del mundo

Era el 12 de julio, me levanté como todas las mañanas a las 05:00 am para dirigirme a mi puesto de trabajo; en ese momento era playero de una estación de servicios. Me puse el disfraz de turno, o sea, la ropa de la estación. Me acerqué a la silla y la vi: estaba estirada como siempre esperando ser usada, hermosa como la chica a la que le di el primer beso, o como cuando mi mamá me dio la medalla cuando termine la secundaria. La flaca, mi esposa, como siempre ordenada me la dejo ahí y no la guardó por que sabia que hoy 12 de julio era la Batalla Final!! Me había visto morir hace tan solo unos días a causa de una batalla perdida. Así que la tomé, la miré y vi la cara de mi abuelo cuando me regaló la primera, la que hoy usa mi princesa de cuatro años; era mi cumple numero cinco y me dijo cerra los ojos y entre su mano me dio la camiseta de piqué, un pantaloncito que el tiempo se comió junto a unas muñequeras. Ese recuerdo me hizo temblar y se me vino la imagen de mi hijo cuando fuimos juntos a festejar el día del niño al templo de la sabiduría milenaria en donde se aprende amar sin condiciones y a prevalecer por la eternidad. Sin más dudas me la puse debajo de la camisa de trabajo y fui para el mismo; un mar de ostigacines y cargadas me bañaban sin piedad alguna, y fue ahí en donde como en la revelación sentí dentro de mi pecho el orgullo, un orgullo que explotó mi cabeza y me hinchó el corazón. Aquellos incrédulos que se burlaban de mí como lo hicieron con Jesús, cuando pregonaba sus enseñanzas. Eran felices creyendo que la cruz ya estaba parada. No me escuchaban, y yo como si fuera un profeta del Señor les quería contagiar la Fe y la esperanza, todo podía pasar. Pero ellos siguieron riendo y burlándose. Yo los oía ya tenían las pompas y el cajón preparado… de esta ni Dios los salva jajá jajá…

Las horas pasaban, la mañana era eterna, les pedí a mis compañeros de turno, un último favor: cúbranme ya que no tengo plata para estar en el campo de batalla quería ser participe alentando desde mi casa junto a los míos. Ellos viendo mi desesperación accedieron a mi reclamo y me cubrieron en silencio ya que el patrón era acérrimo del payaso con bastones rojos y blancos y seguramente mi decisión era causal de despido.

Sin importarme riesgo alguno, tomé mi moto ya con mi casaca Azul y Blanca a flor de piel y me dirigí a mi casa, en el camino me crucé con infinidad de compatriotas que con un saludo hablábamos en un mismo idioma.

Llegué a mi casa, mis hijos, mi vieja, mi esposa y mi hermana ya tenían puestos sus yustes y mallas de cuotas, estaba todo listo para matar o morir; y siempre listos para revivir siendo lo que siempre fuimos!! Una sola cosa faltaba: mire al cielo y le dije a mi abuelo: Vitito vos que ya estás ahí habla con San Expedito que nos de un turno hoy en carácter de urgencia con el mas grande o sino aunque sea con su hijo pero que por favor hoy no falten a la sita.

Listo todo, comenzó el desenlace de todo; los minutos pasaban y los guerreros de la tribu licantropa arrasaban con un hambre como jamás se los había visto en su vida…

Pero desgraciadamente con eso no alcanzaba; al ver al horizonte aparició una luz tenue: era un viejo general enrolado para esta última guerra, entró, arremetió contra las uestes enemigas y tiró hacia el medio y como si fuera magia de otros tiempos apareció otro viejo guerrero que supo brillar en la gloria gracias a los colores de la bandera que hoy defiende. Y si, se produjo el descuento, un grito desgarró mi voz y lo primero que dije fue:…viste que no está todo perdido….Pero nuevamente caímos en desgracia: aquel que parecía venido de un caballo celestial había caído en el campo de batalla, consecuencia de la impotencia propia de la situación. Noooooooo! Dije justo ahora y maldiciendo de mil formas en la lenguas habladas y ya muertas; mire al cielo como antes del partido y me dirigí al supremo y le dije por que??? Una vez te lo pido por favor!!!!! Y en ese momento apareció la cara de un viejo sabio que me dijo:…tranquilo hasta el ser mas pequeño puede cambiar la historia del mundo… Ni bien termino de decirme esto caí nuevamente en mi y acto seguido mire la batalla y el coronel manda a llamar a otro titán. A quien?? Aparece como perdido un ser que para verlo había que verlo dos veces… era un joven que vino desde confines desconocidos auto enrolándose para cumplir una misión la cual nunca había sido revelada y solo el sabía. Los minutos pasaban y las bajas se iban sintiendo cada vez más. Paradójicamente llueve una bala cerca de las uestes enemigas y aparece este pequeño ser para darle dirección y dejar casi en quiebra al enemigo. Todo tembló, la voz esta vez me salió del alma, me ábrase con los seres queridos que tenia a mis costados, el milagro estaba comenzando. Pero el tiempo aliado de ellos no nos daba tregua y cuando parecía que todo había acabado otra bala cerca del búnker enemigo; quien menos pensábamos que lo podría hacer, saltó y para tomar mas altura desplegó sus alas, conectó la bala y terminó por derrumbar todo lo que quedaba de ellos, bajó de los cielos, sacó su armadura cuya numeración era la 22, miró al cielo y le dijo la misión ya está hecha. El grito salió esta vez del corazón y yo por lo pronto no paraba de llorar tras ver semejante epopeya épica: ábrase a mis seres queridos y a mi madre y llorando le dije lo hicimos, pudimos y yo también mire al cielo y agradecí a mi abuelo por hacer fuerza desde allí y por darme como herencia su mayor tesoro que son estos colores.

Elogie el campo de batalla y vi como todos los guerreros festejaban con el pueblo, siendo tan solo uno, un solo color: el albiazul, un color que jamás se separará después de ese día.

Este es el humilde homenaje a aquellos que batallaron en la guerra del promedio y que supieron llevar el estandarte bien alto. Gracias a esos guerreros Licántropos que dejaron todo en todos los campos de batalla y que alcanzaron la gloria, y digo gloria por que la gloria es de aquellos que batallan todos los días por alcanzar sus metas y se enfrentan a distintas trabas y prejuicios para alcanzarla.

Gracias y que nos sirva de experiencia para que nunca perdamos la Fe ya que… Hasta el ser más pequeño puede cambiar la historia del mundo…


Santiago Javier Isla. La Plata.-

Crónica de un milagro

Dolor. Tristeza. Angustia. Impotencia. Elijo estos adjetivos y quedan chicos. Nunca antes, en mis 20 años de vida, había experimentado lo que sentí durante esos agonizantes días del mes de julio. Y no se crea que fueron muchos, no. Fueron apenas tres, casi cuatro, pero bastaron para empaparme íntegramente de esos sentimientos. Por ello, bien paso a explicar qué fue lo que oportunamente ocurrió para que logre comprender el por qué de mi delgado estado de ánimo.
En parte, la mañana había comenzado como todas, y digo eso ya que a cursar mis estudios no había concurrido por estar en medio de las ansiadas vacaciones de invierno. Sin embargo, es cierto, que la relajación típica de aquella etapa del año se había ausentado porque poseía una mezcla de pena y culpa, o viceversa, por no haber podido estar presente en la vecina provincia donde se decidiría parte del destino inmediato de la institución. Miles de fieles se habían agolpado en las afueras del antiguo Estadio, siendo sólo unos pocos los afortunados que pudieron obtener los papeles rectangulares, esos que garantizaban el acceso al predio, por lo que las entradas se agotaron en cuestión de minutos, ni bien se oficializó la comercialización. A pesar de ello, muchos aseguraron, unos días después, que la parcialidad visitante igualmente había viajado doblegando la capacidad ya dispuesta por la entidad santafecina, no para asombro de propios pero sí de extraños, lo que había obligado al Atlético a aumentar los lugares disponibles.
El club más antiguo del continente jugaba a las tres de la tarde por lo que, “con el último bocado”, como se suele decir, me encaminé a la vivienda de mi mejor amigo, con el que compartía aquella inexplicable pasión. Poco a poco el comedor se fue poblando de más apóstoles, quienes nos congregamos alrededor de la mesa para observar la transmisión del encuentro. Salieron los equipos al campo de juego y, como siempre sucede desde junio de 1887, había una tribuna colmada por gente “distinta”, magnífica, insuperable. Porque, aunque parezca una exageración, así era ese pueblo, así somos y así moriremos. ¿Qué voy a decir de la única hinchada de la ciudad que ya no se haya visto o que aún no se sepa? Nada, mi querido lector, absolutamente nada. Creo que el acontecimiento del terremoto, el día propio y las miles de leyendas que forjaron los partidarios de mi divisa son de público conocimiento, y si no, en este momento no vienen al caso ya que merecen su propia biografía.
El camino de regreso a casa tuvo un poco de desazón seguido de un humor indescriptible, más bien raro. Preferí caminar, ya había tenido suficiente encierro en donde se había concentrado la angustia en su punto más alto, por lo que un poco de aire nuevo creí que ayudaría a recobrar mis fuerzas. La cara de mi compañera de viaje lo decía todo, como imagino también lo expresaba la mía, a pesar que no tuviera un espejo a mano para comprobarlo. Probábamos reír y no podíamos, queríamos llorar y misteriosamente tampoco salía, intentábamos cambiar de tema pero un invisible círculo vicioso nos devolvía al mismo lugar. Las tres aterradoras estacas ya habían sido clavadas en el corazón de todos los devotos, los que estaban allí y los que por desgracia, como yo, se habían quedado en la urbe.
Silencio, desilusión, tormento, fueron las primeras emociones que me abrazaron y que ahogaban casi toda la localidad platense. Nadie podía creer lo que había sucedido porque nadie imaginó que realmente podía suceder, mucho menos tratándose de futbolistas que poseían la particularidad de ser partidarios de los colores debido a que la mayoría se había formado en las divisiones inferiores del club, por lo que nadie discutía los sinceros compromisos que moralmente habían estrechado. Sí, habíamos perdido, y no voy a hablar de injusticias porque, vaya paradoja, habíamos tenido suerte, el resultado podía haber sido todavía más abultado; mi equipo no tuvo una buena jornada, no comprendió cómo había que jugar ese día contra ese rival y salió derrotado. Simple. Pero también escalofriante. El contrincante supo cómo sacar ventaja de aquel terreno tan chico y complicado, nosotros no. El equipo albiazul se equivocó en determinadas jugadas, por no decir clave, y las terminó pagando caro, no hay mucho más que eso. Con el detalle de que, teniendo en cuenta ese marcador, apenas unos días después, se decidiría la permanencia o no del plantel en la Primera División del Fútbol Argentino. Eso era lo alarmante, y por ello la ciudad se encontraba así, dando la sensación de estar deshabitada.
Pero como nunca faltan los inapropiados, en esa instancia no hubo excepción a la regla: feliz, radiante, con esa soberbia típica de los que sólo disfrutan con la desgracia ajena y se esconden ante el triunfo o la alegría del adversario, apareció un hombrecillo rojo y blanco. Sí, adivino lo que está pensando, ¿acaso es que salió cuando el encuentro había finalizado? Exacto y para gozar a costa nuestra. Claro que, con la picardía genética que posee mi divisa, nunca llegan a su objetivo, nunca. Mi amiga y yo cruzamos miradas y, al unísono, comenzamos a entonar los cánticos típicos del tablón, aquellos que siempre sirven para arengar al equipo y empujarlo a la gloria del mismo modo que, en aquel trance, intentábamos arrojar al abismo al estupefacto individuo. Las gargantas enronquecían, se volvían rojas, nuestros cuerpo saltaban en el aire como si estuviéramos en el cemento del Bosque, el grito de la pasión era alborotado, hasta escandaloso si se quiere, y, mientras lentamente el ritmo de la metrópoli volvía a su normal funcionamiento, el gentío de la zona sonreía ante tal muestra de afecto; cualquiera que no supiera el resultado podría haber pensado que habíamos ganado, y por una abultada diferencia. No obstante, la incomprensión, eternamente propia de ellos, que nunca saben cómo actuar ante un mal resultado, se manifestó una vez más tal cual sucede en los clásicos; esos rostros atónitos, mezcla de envidia y amargura, de saber que en algunos aspectos pueden llegar a ser superiores pero sabiendo que la naturaleza nos dotó de características que no se adquieren con fortunas o campeonatos, no son materiales, sino todo lo contrario. Y la fuerza sobrehumana que entendí perdida se manifestó una vez más, desde lo más profundo de mi ser hacia el exterior, creyendo que aún se podía, que todavía quedaban esperanzas, que no todo estaba perdido. Es cierto, restaban por jugarse 90 minutos, nada más pero tampoco nada menos; una infinidad de tiempo para algunos, y muy poco para otros.
Los días fueron pasando y había que aguardar hasta el domingo pero no sé si realmente quería que llegara ese día o que, por el contrario, el reloj se detuviera. Esa dicotomía se manifestaba constantemente como si me trasladara unos años atrás y fuera de nuevo la pequeña que no sabía con cuáles golosinas del kiosco quedarse. La noche del sábado fue interminable, no había ánimos de salida con amigos ni nada que se le pareciera, por lo que la estadía en mi morada pensé sería el plan perfecto. Me dispuse a incorporar conocimientos para engañar a mi mente pero no resultó, intenté con la ingesta de alimentos y obtuve una respuesta negativa del cuerpo, encendí la televisión mas nada me entretenía, así que consideré que ingresar en la comodidad del lecho sería la mejor opción, por lo que así lo hice.
Y como la realidad supera a la ficción, y las agujas pendulares jamás frenaron, el día llegó, conjuntamente con un radiante sol que le dio la bienvenida. Luego de escuchar el penetrante y odioso sonido del despertador, y de ser partícipe de una noche en la cual las pesadillas ocuparon su mayor parte, me dispuse a levantarme al tiempo que una intolerable mochila se acomodaba sobre mis hombros. Intuyo que presagiaba lo que sabía iba a ser una jornada larga, cargada de emociones y sentimientos, como no sentía hacía mucho tiempo. E imagino que a todos de algún modo nos pasó lo mismo porque, a pesar de que la revancha comenzaba dos horas después del mediodía, a media mañana ya empezaba a ser invadido el mágico escenario. Nadie quería dejar de apoyar al Decano de América en un momento tan decisivo porque había hecho los méritos suficientes en una campaña más que respetable, venciendo con jerarquía a sus competidores cuando tenía que hacerlo y levantándose con la dignidad y entereza de los grandes cuando le tocaba fracasar.
La caminata por el tradicional sendero del Bosque no fue idéntica a la de siempre. Sí, geográficamente estaba todo igual, en ese sentido nada había cambiado, pero era mi estado de ánimo el que no era el mismo, y lo que antes había sido rosa ahora parecía oscuro, totalmente negro. El ambiente brindaba el olor de los eucaliptos típicamente originales de La Plata que se entremezclaba con el cálido sol desde un plano vertical a mi cabellera. Y no puedo olvidarme de los manjares de los puestos callejeros, que colaboran siempre con el olfato de los transeúntes, ayudando a crear esa atmósfera futbolista dominguera. Pero nada de ello, sin embargo, se manifestaba como lo hacía otras veces, había algo distinto, algo cambiaría aquella tarde invernal, de algún modo y para siempre.
Y tal cual sucede en los momentos adversos, no faltaba nadie allí, de verdad estábamos todos: los mortales y los de la “tercera bandeja”, los que no se perdían un solo partido y los que ocasionalmente podían concurrir, los mejor posicionados (los menos) y los humildes, mujeres y hombres, familias y concubinos, adultos y menores; en fin, todos. Era emocionante ver esa muchedumbre de fieles allí reunida luchando en pos de un único objetivo, la salvación, a pesar de tener todo en contra, como ya era costumbre. Era conmovedora la nueva muestra de incondicional apoyo hacia esos once gladiadores que podían condenarnos, en cuestión de minutos, tanto al abismo como al goce infinito.
La salida del equipo al campo de juego fue...cómo explicarlo. Hay veces en que una sola palabra no es suficiente para reflejar un instante; quizás sería mejor transcribir un conjunto de ellas o que una filmación se encargue de demostrarlo por sí solo y aún así, no creo que se llegue al objetivo sin, por lo menos, haber presenciado el momento. Mejor recurro a diversos términos a ver si logro ser lo más gráfica posible, si lo puedo trasladar mentalmente hasta ese lugar: encanto, alegría, banderas que flameaban, globos, papeles, humo, pirotecnia, camisetas viejas, camisetas nuevas, gritos, cánticos, risas, alambrados que temblaban, manos entrelazadas, mucho azul, mucho blanco, oraciones, promesas, súplicas, ilustraciones religiosas, arenga, miradas al cielo, lágrimas en los ojos, llantos, corazones galopantes, sonrisas, manos en alto, aplausos, aliento, fe. Y me quedo con esta última expresión porque creo fue el gran motor que desembocó en todo lo que sucedió después, quizás sin él hoy no estaría sentada escribiendo y estas hojas no serían más que blancos papeles.
Como se era de esperar, el inicio transcurrió sin ton ni son. El primer tiempo no ofreció demasiados sobresaltos para ninguna de las cabeceras por lo que en el entretiempo, las lágrimas que en un principio eran producto de la emoción pasaron a ser de congoja y decepción. Nada hacía indicar que la parte complementaria fuera a ser mejor que la que ya se había ido porque el local poseía la presión propia que ostentan aquellas instancias y porque, como se imaginaba, no iba a demostrar mucho más, y el visitante jugaba con la desesperación del contrario, sabiendo que si conservaba el marcador en cero se llevaba en la valija el ascenso a la división más alta. Pelotazos al área sin peligro, goles que no fueron, centros pasados, y mucha consternación en el aire, creo que hubo mucho más de eso que un buen nivel de juego.
Corría el minuto veintisiete y la historia, que ancestralmente nos fue hostil, esta vez torció la pluma de quien escribe el destino. Los que parecían estaban penados al peor de los castigos (y digo peor porque no se lo merecían en absoluto) empezaron a creer que no todo estaba perdido, que con esfuerzo y actitud se alcanzaría. “¡Goooool!”, bajó desde casi todas las tribunas, a excepción de la pequeña ochava que da su espalda a la avenida 60. El grito de “vamos, vamos, vamos que se puede” empezó a desparramarse lentamente por todo el escenario, tanto dentro como afuera de la cancha, y el prominente jugador que había ejecutado el tanto movió afanosamente sus puños en señal de aprobación al tiempo que besó la sagrada insignia que portaba la camiseta. Sin embargo, los segundos que se sucedieron pasaron sin más sobresaltos futbolísticos que algún que otro cabezazo que terminaba fuera o con pelotas mal jugadas, como suelen decir los profesionales del deporte. Y en cuanto a la conducta, no puedo olvidarme el detalle, nada menor, de las expulsiones que dejaron el saldo de nueve contra once en el campo de batalla. Es por ello que la ilusión, que se había encendido con fundamentada timidez unos instantes atrás, pareció estar sentenciada a apagarse definitivamente.
Pero como en toda narración hasta el final no está dicha la última palabra, apareció la cabeza del diminuto héroe de la tarde. Centro que va al área para que magistralmente fuera embocado al fondo de la red. ¿Capricho del destino?, puede ser, mas el marcador estaba a sólo un paso de la gloria y conquistarla era el único camino posible. La histeria de la convocatoria ahora era generalizada, ya no por la entrega de los protagonistas sino por el tiempo que restaba jugarse, el cual no hace falta decir era insuficiente, y la visita, quien ya creía saborear la subida a la máxima categoría transformó su rostro en expresiones estupefactas. Cánticos ensordecedores se desprendieron de las lugareñas populares y plateas, tratando de incitar a la ansiada victoria la cual, a pesar de ya estar instalada, necesitaba de la llegada de una unidad más para ser completa. El nerviosismo que se extendía, proclamas de ansiedad y el cronómetro que parecía iba más rápido que de costumbre pero la esperanza (lo último que se pierde, mucho más en esas ocasiones) intuyo que fue lo más fuerte, el ideal sendero que eligió aquel sufrido pueblo, cansado de remar contra todo y contra todos, a despecho de vientos y mareas.
Y, así, sobrevino lo que parecía imposible. Otro centro desde la izquierda, esta vez sacado de las “Cuevas“, y el esférico, que en otro momento quizás hubiera quedado besando el alambrado, esta vez eligió golpear en la cien del hombre-figura para terminar moviendo la misma red por tercera vez consecutiva, de una manera insolente, notable, altiva. Y el rival, quien ahora se enredaba en su propia consternación, caía abatido con el mismo marcador que lo había llevado a tocar el cielo con las manos. Creo que el grito salido de cada cuerda bocal de los allí presentes más bien fue un aullido que logró percibirse en toda la ciudad, para regocijo de algunos y para envidia de otros. No fue una simple expresión de júbilo, fueron voces que descargaban muchas emociones contenidas hacía más de un año, que ya no podían reprimirse más, que no lograban encontrar cabida en esas apasionadas personas quienes, psicológicamente, se encontraban hechas añicos; los efectos del estrés cómodamente acumulados en sus cuerpos formaban parte de sus órganos y huesos, casi en cohabitación con ellos.
Y vuelvo a lo mismo de antes: intentar describir en una sola palabra lo que sucedió es caer nuevamente en falacias, prácticamente imposible. Aquel gol no fue sólo eso, es decir, un gol y nada más, significó quebrar con estadísticas por demás desfavorables y con historias que invariablemente culminaban en un mismo final, trágico, que se repetía una y otra vez. Por eso se entendieron los llantos de grandes y de chicos, de jugadores y fanáticos, de famosos y anónimos, los abrazos interminables, afectuosos, entre personas desconocidas, las sonrisas por doquier en cada rincón que se mirara, la locura desatada entre los hinchas, las banderas que se movían al compás del viento, las casacas revoleadas por los fervientes mens sana, las bocinas de los conductores automotrices, la ciudad que pareció haberse encendido repentinamente, todo, se comprende todo. De repente una virtual varita hizo el hechizo correspondiente y transformó el sombrío futuro en un presente magnífico, que se brindaba de una esplendorosa manera. Hazaña decían algunos, milagro los más creyentes, epopeya los más osados, proeza fue para otros. Y creo que una combinación extraña de todo ello tuvo este mítico día. El 12 de julio se entremezcló el malestar y el sufrimiento junto con la imposibilidad de los desprotegidos pero también las ganas, el corazón, la convicción, la entrega, el amor propio y la extraordinaria fe de quienes jamás pierden las ilusiones porque soñar es una de sus pocas armas, la única motivación que los mantiene vivos. Allende los diversos pronósticos que se ofrecían, este grupo de luchadores decidió escribir un desenlace distinto a los que tradicionalmente terminan trazando los que no se animan a más, a imaginar que con actitud, coraje y pasión siempre se puede; incrédulos habitantes de un mundo que no comprenden que lo imposible muchas veces está más al alcance de la mano de lo que se creía, y no se aventuran a transformar la fantasía en realidad.
Sin lugar a dudas, fue un acontecimiento que se recordará por días, meses, años, y hasta quizás siglos, y quedará plasmado en anécdotas tanto nuestras como de crónicas de las Promociones. No fue un hecho aislado, para nada, más bien lo describiría como una consecuencia lógica de todo el esfuerzo realizado por este cuerpo de profesionales totalmente comprometidos con nuestra enseña. Un suceso digno de ser rememorado por todas las generaciones venideras, que contribuirá en el crecimiento de lo deportivo y lo institucional y será el punto de partida hacia el logro de objetivos algo más ambiciosos, recuperando el lugar en los primeros puestos, tal cual la historia le demanda.
Gente distinta, un pueblo diferente, una tribu sin igual, el último mito viviente. Elija y póngale el broche de oro al relato con el calificativo que más le guste, porque cualquiera de ellos puede encajar, mas tenga una certeza: no habrá raza que logre igualarnos, hereditariamente somos incomparables, no sé si es un defecto o una virtud de la que nos dotó la vida pero así existimos, es la esencia que nos motiva y reaviva día a día, contrastando con el universo material contemporáneo. Privilegiamos el ser antes que el tener, lo emotivo antes que lo material, los colores por sobre la idolatría personal, la muchedumbre y el bullicio antes que el orden establecido. Esto es lo que me enseñaron desde mis primeros meses de vida y así lo comprendí una vez que tuve capacidad de raciocinio en mis actos cotidianos. Esto es lo que conlleva ser parte integrante de esta estirpe, ser habitante de este cosmos tan particular lleno de personajes y leyendas, de esta gran familia. Esto es lo que somos. Esto es Gimnasia.

Agustina Stazzone. La PLata.-

El abandono jamás será nuestro

“No tengo palabras para expresar el sabor amargo que invade mi cuerpo al saber que hoy se dictará el final de una lucha constante por permitir a mi querido club seguir perteneciendo a la primera división del fútbol argentino. Hoy, sabiendo que se nos complicó al final como suele sucedernos, estamos más con un pié afuera que adentro, pero siempre con la esperanza de que los milagros existen, y más cuando uno se los merece por haberse esforzado porque los resultados sean buenos.

Siento que mi cuerpo se desvanece en tanta pasión, inexplicable por cierto, que me hace sentir vivo a la hora del aliento incesante e incondicional que no necesita de retribuciones a cambio.

Sé que a pesar de que muchos lo duden, Gimnasia, el basurero de mi vida, puede seguir combatiendo con la cabeza en alto y los pies sobre el terreno más preciado: la cancha del Bosque, nuestro en mente y alma.

Sé que peleándola hasta el final es como uno se encuentra frente a la victoria, uno alcanza lo que es suyo por merecimiento y no por otra cosa. Cómo el haber encausado todos juntos las circunstancias que se nos plantearon ante el devastamiento absoluto puede llevarnos a la gloria con sólo tres goleadas restantes.

Ya no tengo otra cosa que una fe infinita, una confianza en el equipo, y el amor de siempre, que nuca dependió de los resultados sino de una fuerza mayor que rige en mí bajo los colores sagrados azul y blanco y la sangre que dejó su color natural por correr dentro de mí con el albiazul que me condena a esta loca enfermedad, que me hace sentir más vivo que nunca en los peores momentos.

Llegó la hora de demostrar de lo que uno es capaz por un ser amado, de perder las fuerzas detrás de la pelota que debe encontrar abrigo en el arco contrario, donde tiene que marcar el día en que cambiemos la historia con otro anhelo de grito incesante al canto de: Gimnasia es un sentimiento que nadie lo puede entender. ”

Ese día pensaba sólo en cómo habíamos llegado a esta situación y me di cuenta que sin sufrimiento no vale, que sin conocer el sabor de la derrota no se puede distinguir la gloria a pesar de que cuelgue de nuestras manos; y con eso invadiendo mi cabeza, me dirigí a la cancha de mis amores.

La gente entraba bajo camisetas, banderas, gorros y cantos que demostraban que no se jugaba un partido más, sino el último por la definición.

Las caras de tristeza que jamás permitían el abandono, que lo habían tachado de las normas a partir del primer día de la institución aquel año remontado a la anteúltima década de un 1800, seguían sus miradas en busca de respuestas que no se darían hasta entrada la mitad del segundo tiempo.

Ante el equipo contrario que pensaba abandonar su categoría de la “B” nacional, el recibimiento fue al estilo tripero que nos hermana: las bengalas de humo, las banderas, los famosos bombos y la trompeta, los globos, el canto gritado ante el equipo y el orgullo de ser gimnasista aún en esta situación, se condensaban todos juntos homogéneamente para continuar con el famoso reconocimiento de que marcamos la diferencia con la palabras que van más allá de los valores que pueden expresar: “aunque vayas perdiendo, vayas ganando, la veintidós siempre te estará alentando”.

El viento soplaba en contra para no hacernos perder la costumbre, las cosas no tomaban su rumbo y las esperanzas, como si fuera en efecto contrario, aumentaban dentro de mí: no olvido que mi viejo parecía resignado y yo, con los ojos llorosos y sin dejar de alentar, lo llevaba a confiar en una mínima fe que no tenía razones para seguir existiendo.

Atlético Rafaela corría hacia la derrota desconocida por parte de los equipos, perdía sus fuerzas en las piernas pero jugaban a favor con aquel tres a cero que los presentaba ya triunfantes. Mirando la pelea y defendiéndola con dientes y uñas al estilo de un Lobo en situación de peligro, la roja que nos dejó con uno menos en la cancha pero uno más en la tribuna fue un golpe bajo que hirió (o pensó de herir) a la fiera.

El primer gol fue el primer alivio que sintieron nuestros cuerpos en una carrera contra el paso del tiempo, que por cierto, llegaba a su fin como si alguien hubiese adelantado las vueltas de las agujas del reloj. El llanto no se hizo esperar y humedeció nuestras caras como si se tratara de morir o seguir viviendo.

Pero todavía faltaban dos, era difícil, no lo niego, pero se trataba sólo de creer en por qué no se nos podía dar esa suerte que nos tenía abandonados, esa hazaña que mataría al contrario que empezó a festejar antes de tiempo un resultado inverso.

La segunda vez que vi la pelota adentro, fue cuando el panorama se empezó a despejar bajo los rayos de la luz del sol que nos proporcionaban una vitalidad absoluta. Recuerdo que jamás había gritado tanto, y eso que siempre terminaba con la voz cansada y el dolor gratificante de mi garganta, cuando una mujer que estaba al lado mío miró al cielo y dijo: Dios, uno más, acordate de nosotros; ahí fue cuando mi papá me abrazó con fuerza y escuché la palabra que esperábamos desde hacía una semana cuando volvimos de Santa Fe desolados, la palabra preciada y tan simple como la de Gol!!!.

El mundo se venía abajo, las tribunas no resistían tanta locura que consagró el descontrol, el abrazo con cualquiera fue como el de entre dos personas que aman a una sola.

“Gracias, simplemente gracias. Gracias por demostrarme lo que es amar de por vida incondicionalmente, por enseñarme a luchar, a no bajar los brazos, a como un paso puede marcar una pisada de un gigante que no encuentra huella comparable y ni vientos ni tormentas puede borrar.

Juro de nuevo que muero con mi sangre, que muero bajo el lema que me tatúa en el alma el nombre más gratificante que uno puede llevar en sí: Gimnasia y Esgrima La Plata.

Te amo, y no por seguir en primera, no por el orgullo que siento por vos hoy, sino Lobo por el mismo que me acompaña desde mi nacimiento y regirá mi tumba.”

Cuando llegué y vi los ojos de mi abuelo empañados en lágrimas de amor, corrí a agradecerle que confiara en mí su herencia más querida; cuando me acordé de aquel Bosque enarbolado donde se moría la desperanza y comenzaba una nueva lucha que continúa hasta estos días pero que nos marca a fuego.

La gente que se agarraba del pecho como a causa de un infarto, los jugadores aferrados al alambrado demostrando que ellos habían sido hinchas, los fotógrafos y camarógrafos tratando de detener el tiempo, queriendo guardar bajo una vitrina aquel instante de felicidad extrema que nos dirigía a una nueva batalla, son recuerdos que no se van a borrar nunca, jamás de nuestra memoria, la cual se ve condenada a una gran ilusión que presenta un amor que no sabe de abandonos.

Así, bajo situaciones como éstas que sólo Gimnasia es capaz de hacerlas grandiosas, los hinchas triperos volvemos a firmar, sin un vale de autentificación, nuestro amor en una de las tantas idas (y por cierto, nunca la última) al lugar donde nació por primera vez el equipo que cambió la historia.


Romina Soledad Lonigro. La Plata.-

El regalo

Él no pensaba recibir obsequio alguno. Cada vez que llegaba ese día, se la pasaba trabajando, como siempre. Además, entre nosotros, no era asiduo a los regalos.

Lo cierto es que ese domingo 12 de Julio de 2009 nos levantamos a las seis de la mañana. La casa no era muy grande pero, cosa curiosa, entrábamos todos. Un ventanal enorme daba al Este, por donde entraba el astro rey a competir con nuestra acalorada pasión.
Cocinero como pocos, de blanco impecable, me ordenó preparar unos mates mientras él se disponía a rallar zanahorias, cortar tomates en rodajas y aderezar las hierbas recién extraídas de la huerta.

—¿A qué hora es el partido?, preguntó uno de los Chiquitos.

El Flaco respondió: ¡¿cómo a qué hora es el partido?! Eso no se pregunta...
—¡Poné la radio, dale, dale!, exclamó el que agitaba un diario viejo por el aire.

El Bosque debe estar copado como nunca, pensaba yo. Mi corazón no tenía descanso. Pocas veces había palpitado así.

El jefe de la banda seguía preparándonos la comida. ¡Y cuándo no, el Loco descorchando y probando las más exquisitas cosechas!
—¡Hoy, tenemos permiso, muchachos!, sentenció. ¡Y fue una orden! Todos aplaudieron.

—¿Tendrá pilas esta porquería, no?, murmuró un dulce que entraba envuelto en una bandera brillante e inigualable… Toda blanca con una franja azul marino en el corazón de la tela… ¡Única en su especie!

—¿Prepararon todo, ya?, preguntó un Chango a la jauría. Y todos al unísono le respondimos con un ¡Ginasiá! ¡Ginasiá!, tan emotivo que nos hizo entrar en calor en pleno frío.

Y es verdad. Estábamos, sin habernos puesto de acuerdo y sin haber abandonado jamás a nuestra esencia, vestidos con los mismos colores. Los gorros, las vinchas, las bufandas, las banderas…

El capitán del equipo, apuró el fuego.

—¡Che, Poeta… ¿soy de palo, yo?!, me tiró el Gordo. Acotando: ¡si a este no lo apurás, te salta como a un alambrado! ¡Pará con los versos, y cebame uno, querés!

Todos reían y charlaban ensimismados. El clima era de fiesta y de nerviosismo a la vez. Dos sensaciones muy encontradas, disímiles y poderosas. Como el fracaso y la gloria; la desazón y el deleite; la muerte y la vida…

—Digo yo, filosofó el primer Loco que había habitado la casa, ¿qué se nos dio por morirnos a todos juntos y tener que sufrirlo desde acá…?

—¿Sufrirlo?, me pregunté en silencio. Hacía tiempo que para mí no existía ese verbo. Y le corregí en voz alta: sufrirlo, no… Dirás, sentirlo…

—¡Eso!, dijo el Negro, sufrirlo y sentirlo no es lo mismo. Es más, acotó, a esta pasión sólo se la puede sentir… Aquél que no sea del “palo”, está muerto… jajaja

Y todos, otra vez, empezaron a saltar y cantar. Primero el ¡Vamos Tripa!, después el ¡Ginasiá!, y para el postre ese que habla del vecino evocando a su madre… jajaja

—¡A comer!, gritó el Doctor. ¡Hmm, qué olorcito!, dijo uno. Sí, adivinaron; ¿quién otro?

El nerviosismo oculto se vislumbraba a través de las pupilas dilatadas de todos los comensales. Yo observaba con atención. No olviden que tenía la misión de transcribir luego en un papel todo lo acontecido en el campo de juego, en las tribunas, en las calles y, sobre todo, en la mesa del cumpleañero… No podía permitir desconcentrarme.

La comida estaba llegando a su fin y las ansias aumentaban.

—Vamos, muchachos! ¡Hoy cambia la Historia! ¡Hoy; Gimnasia, vuelve a vestirse de harapos y gala al mismo tiempo, de sonrisas y lágrimas, de zozobra y felicidad! ¡Hoy volvemos a lucir las ocho letras que nos identifican: Grandeza!

—¡Brindemos! ¡Vamos Triperos, brindemos!

Yo no puedo contar con palabras el sonido de esas copas invisibles, la melodía sin música de esas bocas fervorosas, el latir renovado de esos gigantes corazones. Este detalle lo dejo para vuestra imaginación.

Solamente confesarles que esos tres “chin, chin” de los cristales coincidieron con sendos estruendos maravillosos allá abajo… Y tanto que el cocinero salió corriendo hasta el ventanal a observar el misterio, el milagro…

Feliz, como nunca en la vida, abrió el mirador de par en par, se dio vuelta, levantó los brazos y nos dijo mirándonos a los ojos:
—¡Queridos amigos, gracias por haber venido en este día tan especial para mí! ¡Hoy, nuestra gente, ha cambiado la Historia! ¡Arriba el Lobo para todo el mundo!

Antes de empezar a escribir este relato, lo miré con una sonrisa cómplice y me dije: ¡y pensar que él creía que no iba a recibir ningún regalo!


REFERENCIAS: (sirva el presente como homenaje a los inolvidables…
CHIQUITO: Chiquito Danel, Chiquito Giorgi
FLACO: El flaco Olivia (Bon Durán)
DALE DALE
LOCO (I): El loco Tabbia
DULCE: Bombón (Rodríguez)
CHANGO: El chango Ferrarini
GORDO: El gordo Oscar Montesino
LOCO (II): El loco Fierro, Marcelo Amuchástegui
NEGRO: El negro José Luis Torres
DOCTOR: El más grande… René Gerónimo Favaloro

Ah, el POETA…: Yo (el autor)

Eduardo Berisa. La PLata.-

Dos caminos, un destino

El destierro fue muy duro para él. Las puertas laborales se le habían cerrado completamente. No pretendía un puesto importante de entrada. Había que hacerse desde abajo, pero casi estaba convencido de que tanto esfuerzo y tiempo invertido había sido en vano. Pero el destino, aún, tenía una carta por jugarle. Gracias a ese título, su título, el mismo por el que había luchado y sudado, se aseguraba un futuro promisorio no muy lejos de allí, aunque sí de todos sus afectos. Pero, muy especialmente, de uno en particular.

Había sufrido horrores. El principio de los ochenta fue como un estigma en su vida. La situación, no era para nada novedosa, aunque esa vez fue diferente. En cinco años, conoció localidades ignotas hasta entonces. Su padre, ya le había hablado de ello, aunque en sus tiempos, las excursiones, en su mayoría, no sobrepasaban los límites del conurbano bonaerense. A lo sumo, algún viaje perdido al mal llamado interior. Sin embargo, estaba convencido de que esta vez, si la historia volvía a repetirse, no sería como aquella. Ya no lo podría acompañar fuera de los límites de la ciudad, así el viaje sea hasta Quilmes. Algo iba a andar mal. Definitivamente mal.

***

Fueron seis meses de angustia extrema. La distancia se hacía más larga que de costumbre. Y no solamente hablando de kilómetros. En ese entonces, el fútbol no era para todos, y había que rogar que cada partido sea uno de los cinco televisados por fecha, amén de que el viento no jugara una mala pasada e interfiera en la señal. Internet era otra salida, pero la transmisión se cortaba cada cinco minutos, tardaba otros tantos en retornar y, casi siempre, el delay en el audio estaba a la orden del día. Había que recurrir entonces a las páginas de los diarios, aunque su actualización dejaba mucho que desear. La angustia se multiplicaba en cantidades importantes.

Nunca gastó tanto en seguir una campaña. Ni siquiera en aquellas visitas al conurbano de hace tres décadas. Si hasta pidió dinero prestado a un compañero de trabajo para ir a Tucumán. Como deseo (y promesa) de fin de año, se había jurado estar ahí, en cada momento, junto a su compañero del alma, ese a quien siguió como fuese desde que tiene memoria. Juntó un importante kilometraje. En auto, en tren, en micro. Cualquier recurso era válido para estar cerca de ese amigo entrañable. Sólo faltaba la última excursión.

***

Varias veces había transitado los mil cien kilómetros que lo separaban de su ciudad natal, pero esta vez el camino se hizo más corto que nunca. Aquél no había sido un buen día de la Independencia. Con impotencia, aguantó como pudo el pitazo final, hizo un silencio atroz, y sólo la aparición de su pequeño hijo después de una siesta, le dibujó en la cara una leve sonrisa. Aunque, por dentro, su corazón trazaba la mueca más amarga que recordara en años. Sin embargo, el pasaje ya estaba comprado y era demasiado tarde para devolverlo. Aunque tampoco se lo hubiera permitido. De cosas peores se había recuperado. Vio sacar fuerzas donde ya no quedaban, soportó la pérdida de puntos increíbles, arbitrajes cuestionados, nueve presentaciones sin cantar victoria. Pero algo lo dejaba tranquilo. Si se le habían marcado tres goles al campeón, ¿por qué esta vez la cosa iba a ser diferente? Ese fue el viaje más tranquilo que recuerde.

Ya conocía Santa Fe, pero no había podido estar allí la última y única vez que ese equipo de la ciudad con nombre de mujer estuvo en Primera. Partió, junto a dos amigos, en auto. Sólo se limitaron a seguir a la caravana, ya que ninguno sabía cómo llegar. Casi estaba convencido de que, desde aquella movilización a Rosario en el ’95, la ruta 9 no había vuelto a ver tamaña congregación azul y blanca. Salvando las distancias, claro. Llegaron cerca del mediodía, y ni bien terminaron de matear, se juntaron con el resto. Había banderas de distintas ciudades y provincias, tonadas diferentes. Todos juntos en pos de un objetivo. Pero tres puñales clavados en el corazón por un ignoto irrespetuoso, hicieron que el temor de estar junto a su querido amigo sólo cada quince días, lo acechara más que nunca. Durante el regreso, ninguno de los tres se dirigió la palabra, y la desazón los invadía. Tras las casi siete horas que demandó el viaje de vuelta, se escucharon cuatro únicas palabras en mucho tiempo. “Nos vemos el domingo”.

***

Llegó cerca del mediodía a Retiro. Ya le habían avisado por mensaje de texto que no había más localidades. Eso iba a ser un hervidero. En frío, pensó que sería lo mejor. Si se daba lo que la gran mayoría pensaba, qué mejor que sufrirlo viéndolo por tele en casa, junto a quien fue el artífice de su destino. En la autopista, varios autos lo pasaron apurados, con banderas en el techo o haciendo sonar sus bocinas. Se bajó en 1 y 32 y se estrechó en un abrazo con su viejo. Fue uno de los más fuertes que recuerde. Hacía seis meses que no se veían, pero, íntimamente, en el fondo, ambos sabían del porqué de lo fornido del saludo. Comieron tranquilos, liviano, casi sin pensar en la hora y media que se les venía, a lo mejor, teniendo en cuenta que la digestión podría complicarse conforme vayan pasando los minutos.

Se levantó a las siete. Se bañó, afeitó y desayunó lo mismo de siempre. Diez minutos antes de las ocho, ya se hallaba en la puerta de la iglesia. No más de tres feligreses amenizaban la espera charlando sobre temas triviales para él. No pudo con su genio, y dijo el motivo por el cual estaba ahí, ese domingo en particular. Se sorprendió cuando le contestaron que, seguramente, no sería el único con esa intención que iba a aparecer por allí esa mañana. Es más, según se supo, el cura, tan o más fanático que él, culminó la misa del sábado orando por su querido club. “Ya si Dios no nos escucha”, dijo en voz alta. Y se largaron a reír. Cerca del mediodía partió. No dejó cábala sin hacer, incluso, la de comerse uno de esos chori que sólo se disfrutan en los puestitos de la cancha. Por primera vez, en mucho tiempo, se persignó al ingresar al Estadio, a lo mejor, influido por esa visita mañanera, pero más que nada, por el tipo que, delante de él, entró de rodillas orando.

***

El primer tiempo había pasado sin pena ni gloria. Si bien todavía quedaba un período completo, lo visto en el inicial no pronosticaba buenos augurios. Después de todo, un gol cada quince minutos era factible. Pero el tiempo transcurría y la calma se transformaba en intranquilidad, y ésta daba paso a los primeros insultos. El primer grito no fue tal. Sólo un pequeño alarido y la sensación de que había llegado demasiado tarde. Con la desesperanza a flor de piel, y dos tarjetas rojas calando en lo más profundo, el segundo tanto llegó como un tibio bálsamo, aunque recordando viejos pero presentes momentos, daba la sensación que otra vez se iban a quedar ahí, en la puerta de la gloria. No tuvo tiempo de pensar mucho más, ya que a un par de petisos, agigantados en su orgullo, se les ocurrió calcar la jugada acaecida un par de minutos atrás y, de esa manera, provocar una explosión de gargantas que, dicen algunos, aún se escucha bajo la sombra de cada eucalipto del Bosque.

Vivió el partido más tenso en años. Donde sea que miraba, encontraba rostros similares al suyo, algunos más adustos, pero la procesión interna era la misma. En la mitad del segundo tiempo, varios ojos ya dejaban escapar alguna lágrima. Por más que se quería, no se podía, y daba la sensación que la cosa estaba juzgada. Con la apertura del marcador, apenas si se le escapó un alarido, más por el nudo que a esa altura tenía en la garganta que por un descreimiento cierto a reacción alguna. Una tonta expulsión cerca del final, casi terminó por derrumbar cualquier esperanza, pero, estoicamente, decidió quedarse. Sabía que, si la cosa terminaba como parecía, era su deber soportar de pie para despedir con un cerrado aplauso a aquellas almas que habían dejado todo durante un semestre, pero que, por un reglamento caprichoso, estaban a un paso de quedarse con las manos vacías. Entonces ocurrió. Aquel chiquitito que minutos antes había ingresado al campo de juego desde el banco de los suplentes, decidió burlarse de su estatura y, de cabeza, abrió nuevamente la puerta de la ilusión. Dos minutos después, el destino se mofó de la historia y otra vez el pequeñín, con la testa, hizo que la pelota bese por tercera vez la red. Ese mismo bajito, que por obra y gracia de vaya uno a saber quién llevaba el número 22 en la espalda, selló la permanencia definitiva.

***

No hace falta preguntar ni aclarar cuál es el lugar de reunión obligado para este tipo de cosas. Mientras algunos, rauda y silenciosamente, volvían a sus casas, con sus cabezas gachas e innumerables velas que sólo Dios sabe dónde las habrán guardado, miles de almas azules y blancas comenzaban a poblar las calles. Camisetas, gorros, banderas, remeras... En sí, todo aquello que poseía esos colores, era bienvenido para la ocasión. A media hora de consumada la hazaña, ya no cabía un alfiler. En ese lapso, el desterrado recuperó viejas banderas y se embarcó junto a quien, treinta años atrás, no sólo le dio la vida sino un sentimiento de pertenencia que, desde hace dos años, él mismo se encargó de preservar dentro del linaje familiar. El fanático de toda la vida, tras quedar afónico tras el desahogo final, y casi al borde de la deshidratación de tanta lágrima derramada por la alegría, decidió imitar a quien entró delante suyo al Estadio. Así, arrodillado, recorrió la distancia hasta donde se encontraba el cónclave albiazul. Aunque en vez de implorar al cielo por una ayuda, él lo hizo agradeciendo a Dios porque, por fin, la justicia divina se inclinó de su lado.

***

Hombres y mujeres, abuelos y nietos, vecinos de años, amigos del trabajo y compañeros de escuela. Todos se dieron cita esa tarde para festejar el logro consumado. Ninguno necesitó más que el placer personal de encontrarse con otro de su mismo bando, simplemente para dar rienda suelta a la alegría de ser tripero. Ese mismo sentimiento que, a veces, provoca encuentros casuales, como el mismo que selló el abrazo entre ese desterrado y ese fanático, unidos por el solo hecho de ser gimnasistas, y gritar, al unísono, más fuerte que nunca, ¡el Lobo es de Primera, carajo!

***


Gabriel Fernando Serra. Catriel, Río Negro

lunes, 15 de febrero de 2010

El Tipo

- Ustedes van a terminar jugando con Aldosivi acá! ¿qué problema te hacés? Por lo menos lo vas a poder llevar a tu hijo a la chancha. ¿De qué te quejas? - el Turco despachaba toda su ironía. En la barra más de uno lo disfrutaba.
El tipo sonreía, acusaba el golpe, se sacudía, sacaba pecho y ahí nomás retrucaba:
- De ninguna manera. Somos muy grandes nosotros!¡demasiado grandes!-se metía las manos en los bolsillos para disimular su fastidio, sabiendo que lo que le decían era bastante probable.
- Je! Seguro que son grandes, tienen una cancha enorme: nunca pudieron dar la vuelta!- el pelado pegaba siempre segundo. En todas las discusiones se metía, sean de fútbol, política, religión o lo que sea, le encantaba engancharse una vez que el debate estaba instalado. Lo disfrutaba y se le notaba, ya que se reía antes durante y después de hablar, festejándose siempre sus reiterados chistes como si los contase por primera vez, aunque todos los sabíamos de memoria.
- Pero por favor querido!!! Esto es inadmisible e inaudito!!!- el tipo entraba en el juego de la gastada y sabiéndose en total minoría adoptaba un lenguaje antiguo y formal, a veces hasta utilizando mal las palabras o frases, recurriendo a su gracia para descomprimir la situación y esconder su calentura -A nosotros no nos hace falta se campeones!muy grandes! ¡¡¡terriblemente grandes somos!!!

La charla-debate-discusión-gastada se repetía cada vez mas seguido. Una vez por semana a principios de año, casi diariamente en los últimos 2 meses.
Cuando hace unos seis años el tipo se presentó en la hora del mate en su primer día de laburo y contó que era hincha de gimnasia los demás se miraron. Y hasta alguno pensó que se trataba de un chiste. Claro, en Mar del Plata no es fácil encontrar un hincha del Lobo, y encima no es una ciudad donde se respire fútbol como Rosario o Córdoba. Mas bien el básquet despierta más fanatismos. Pero el tipo instaló la charla futbolera en el mate como una cosa diaria, como un momento de joda, de distensión, aun sabiendo que estaba solito y sólo con su equipo. Estaba acostumbrado. Vivió en La Plata solo 3 años, de ahí al sur hasta los 19 y desde entonces en Mar del Plata.
-No es que sea Hincha de Gimnasia. Soy enfermo. Cada vez más-y le daba un cosquilleo en el estómago como si lo que contaba tendría algún merito de algo.
Siempre la llevo bien. Conciente que ser tripero no se puede explicar con palabras, y que si se pudiera jamás un hincha de River o Boca podrían entenderlo. Pero el tipo era feliz así. Con sus sufrimientos. En el 95 e le hizo un agujero en pecho en el partido contra independiente. En el 2005 se amargó a más no poder y le duro meses. Siempre argumentó que le falto liga. Suerte. Culo de campeón. Que hay partidos que los jugar 200 veces y los perdés una. Y eso pasó en el 95. Y que hay arqueros que un día atajan todo lo que le tiran y un poquito más también. Y eso pasó contra Newell´s en el 2005.

Pero este año era otra cosa. El descenso es otra cosa. Lo que lo tenía realmente mal era el pibe. Su hijo. El Toto. ¿Cómo le explicaba a los 6 años que es el descenso? Ya lo empezaban a cargar en la escuela a esa edad. Encima el Totito recién ahora estaba empezando a darle un poco de bola al fútbol. Porque hasta ahora ni cinco. Pero el tipo machacó y machacó. Y estaba empezando a ganarle la pulseada.
- Papi es verdad que nos vamos a la B? Me dijo Manuel que somos un equipo de segunda - la pregunta inocente, la carita sonriente dejando libre la ventanita que se formaba en la boca ante la ausencia de un diente frontal.
- No Toto. Estamos jodidos -se sinceraba el tipo- Pero vamos a zafar. Te lo prometo- y puteaba para sus adentros.

“Este campeonato lo jugamos todos, sufrilo”, decía la campaña de Gimnasia en su pagina. Y la puta si lo sufrió. Se encontró un bar. En el centro, lejos de donde vivía donde eran de gimnasia y armaba hinchada y todo, y no se perdió un solo partido. Y empezaron las cabalas. Que un cortado en cada tiempo. Que dónde deja el auto. Que salir a caminar por Rivadavia en el entretiempo. Que siempre la misma mesa.
Y no aguantó más. Faltaban dos partidos y la meta era llegar a la promoción. No importaba cómo. No importaba con quién. Pero había que ir a ganar a la Boca. Justo con estos!. No andaban bien, pero viste como son…..bosteros. Habían perdido contra todos los que peleaban con nosotros…
Y como no aguantó más se hizo llamar a la casa por un amigo y se inventó un laburo el fin de semana en Bs. As. Y a pesar de los reproches de su mujer se fue. Sin entrada, desde mardel a ver si entraba.
-Mirá, la verdad no hay un carajo. Dicen acá que la 22 va sin entradas y que de alguna manera entran. O fijate alguna reventa…..- la voz del Pitu, un amigo que vivía en La Plata no alentaba mucho.
Y resulta que el tipo entró. No importa cómo, entró. Y gritó como loco hasta la afonía. Y casi se quiebra en plena tribuna. Casi llora, pero lo contuvo la vergüenza y es saber que todavía no estábamos en la promo.

El lunes en el laburo desplegó todo a la hora del mate:
-Che esta mesa esta sucia. Traje un mantel.- y de la mochila sacó la bandera- apoya acá Turco, a ver si te manchás. ¿Quién dijo que hace frío? Yo tengo un lorca bárbaro –se sacó campera y buzo y se quedó con la camiseta, a pesar de los 2 grados- Puta madre! Me olvidé de sacármela de ayer. Qué baile se comieron!!! Somos muy grandes, terriblemente grandes, yo les dije!
-Si fuimos para atrás! En el segundo tiempo no pateamos al arco- el turco intentaba reírse pero no le salía. Sabía que era inevitable, que ésta vez la gastada se la comía toda él.

La cuestión es que al tipo no se sabe bien si gracias al maratón del viaje y el frío que chupo, o si la epidemia que había, o tal vez las dos cosas que lo tumbó la gripe A. Quedó para atrás. Durmió tres días seguidos. No podía creerlo. A un partido de llegar a la promoción, aislado 7 días. Chau bar, chau cabalas. No sabía si le dolía más la cabeza, los huesos o el alma. ¿Dónde ver el partido? Cable no tenía, y vivía en una zona donde no llegaba. Imposible no verlo, así que se llevó la computadora a la pieza y se consiguió una de esas conexiones móviles de Internet (esas que valen fortuna y se cortan cada 10 minutos), y se lo miro por esas páginas españolas que abrían una ventanita minúscula.

Llego la promoción. Misión cumplida.
-Atlético Rafaela. Entraron de pedo. No tienen un sorete, imposible perderlo -el Yiyo era especialista en pronósticos errados.
- Si si. A nosotros nos cagan siempre. Un año nos cago Tiro Federal, cuando peleábamos con Boca. Hasta Basile hacía bien los cambios cuando peleó con nosotros, si se comentó que en esa época dejó el whisky….- el tipo siempre largaba un chiste.
El primer partido le pidió a su mujer que se lleve a los chicos a algún lado. Lo quería ver solo, un poco por la gripe, un poco por protegerlo al Toto, mejor que ni se entere prensaba. La más chica tenia 2 años y ni se mosqueba aún.
El tipo no lo podía creer. El país no lo podía creer. Los muchachos de Rafaela no lo podían creer. “Estas cosas nos pasan a nosotros solos “meditaba, mientras se movía la cabeza hacia ambos lados y con los dientes superiores se mordía el labio inferior. El momento mas duro fue cuando hicieron el tercero. Quedaban como 20 minutos y parecía que estaban para hacernos 5. El Barcelona de España un poroto. Se le arrugó la cara para llorar, pero se la bancó. Le lloró la cara pero adentro suyo ni llorar podía.
- Les salieron todas, pero todas de verdad- el Chino daba su análisis por teléfono- el muchacho ése que metió los tres como se llama?.
- Visconti -lo ayudó el tipo
- Ese, Visconti. ¿ de dónde salió? Dicen que hizo dos goles en todo el torneo y les viene a meter tres pepas a ustedes. Además estuvo acá en Aldosivi y hizo banco todo el año. De no creer che.
A la noche volvió el Toto.
- Y Papi?- se metió corriendo en la pieza y se tapaba la boca con la mano como usándola de barbijo.
- Mal Totito. Mal. Perdimos 3 a 0. Estamos jodidos de verdad ahora- el tipo se dio vuelta en la cama y le dio la espalda- Andá con Mamá a ver si encima te contagio.
Jamás el tipo volverá a entender tan claramente eso que dicen los Psicólogos, que usamos a los hijos para proyectar nuestros deseos y nuestras frustraciones( o algo así me explicaron pensaba). El tipo decía sufrir porque el Toto sufría. Ahora….¿el Toto realmente sufría por Gimnasia? ¿o sufría de verlo al padre?
- Mami pobre papá, está triste.- el pibe jugaba de padre en ésta.

Fueron cuatro días sin dormir. O casi. Los ratos que dormía el tipo soñaba todo tipo de partidos. De triunfales y heroicos a lapidarios y desastrosos. El viernes 10 terminó su aislamiento, pero entre el frío y es bajo sólo salió de su pieza. Ni asomó la nariz a la calle.
El sábado 11 parecía un gato encerrado, y se fue a lo del Chino a ver qué pensaba.
-La tienen difícil. Muy difícil pero no imposible.- filosofeaba el Chino.
- Descubriste la pólvora- el tipo estaba agresivo- ¿Por qué no te vas a cagar y te sentas arriba? Para decirme esa boludez ni me hables, pareces Scioli, que siempre habla y no dice nada- el infaltable chiste del tipo.
Esa noche se tomó como una botella de vino para ver si podía dormir. Solo lo logro las primeras horas.
Cuando se despertó recitó en voz alta: CASTAGNETO, LUQUEZ –BIANCULLI-INGRAO Y TEMPESTA. COPITO ANDRADA-KUZEMKA-CHARLY CARRIO- MOLINA- GABRIEL PIERINO PEDRAZZI Y EL BOCHA FLORES. Hacia 26 años, cuando tenía 13 ese equipo le ganaba a Racing 3/1 y 4 a 2 para nunca más volver. No vamos a volver pensó. Hoy ganamos, como sea.
Se bañó y comió sin hambre cree que por primera vez en su vida. Cuando se fue saludo la gordita y lo llamo al Toto:
- Voy a ver el partido, vos mejor quedate, anda a jugar a lo de Tobías, yo después te cuento. Solo una cosa Toto, si nos vamos a la “B” vamos a ser más hinchas que antes ¿sabés? A los amigos se los quiere más en las malas. Pasala bien, dame un abrazo- el Toto obedeció sin decir palabra, y lo abrazó.
Al salir su mujer le hizo prometer que no pelearía con nadie, pase lo que pase.
- Ya sé que no puedo pedir racionalidad alguna y menos en estas circunstancias. Pero sé lo más racional posible, tenes casi 40 y el corazón empieza a sufrir. Te prometo que si se van a la B me hago del Lobo-la placa hablaba difícil siempre, por naturaleza.
- Ojala seas de Racing toda tu vida- el tipo le dio un beso y salió.

Llegó como 40 minutos antes de empezar el partido y entró respetando la cábala. El Bar se llenó el rato. Estaba sereno por fuera, no habló ni le dio bola a nadie. Cuando empezó el partido se pidió el primer cortado y cuando quiso tomarlo se dio cuenta que le temblaban las manos. A medida que pasaba el tiempo y no le podía meter uno la cosa se ponía mas difícil y el cada ves más triste. Esa era la palabra, se inundaba de tristeza.
En el entretiempo se fue a caminar por Rivadavia pero ya era un autista. Cuando volvía, saludo un adolescente que ni sabía quién era (lo reconoció tres días después).
Se pidió el segundo cortado de la cábala al comenzar el Segundo Tiempo. Sólo recuerda el Primer gol de Alonso.” Mira el tornado, con lo que lo putearon. Yo lo defendí siempre- jamás puteo un jugador de su equipo- y vacunó a Boca y ahora abre el partido” pensó
“Uno mas rápido y se nos da. Vamos que están muertos”.
El tipo no hablaba, pensaba para adentro y ya temblaba tanto que se tuvo que cruzar de piernas y tenérselas.
Lo pierde solo Alonso. Uno del bar lo putea. Lo pierde Chirola. Lo echan al Pampa. 41 minutos. Pero el tipo tiembla y piensa en silencio que se puede. No se siente descendido. ¡ Gol!. Ni lo grita falta uno. Siendo ateo se lo pide a Dios.
Centro a la olla, adicionan 6. Vamos. Vamos que se puede. Tiralo Cuevitas, tiralo. Tiralo no enganches. Viene. ¡GOL!. Pero el tipo no lo grita. El bar es un caos, todos gritan pero el no. El tipo busca el referí. Le paso muchas veces de gritar y que después te lo anulen. No sabe como carajo se le viene a la mente un gol a river del peruano Cordero, un negro que jugaba de 8 en la cancha de huracán que Calabria invento un of side y lo anulo. Ahí esta el juez. Lo encontró y lo cobro. Ahora si ¡!!!!! GOL CARAJO GOL!!!!!!! . El tipo lo grita como nunca. ¿Cuanto falta? 4. 4 minutos. Terminalo juez. Terminalo ya hijo de puta- el tipo puteaba al referí sin razón- . Durante los 4 minutos no dejo de pedir a los gritos que los termine mientras el celular no paraba de recibir mensajes y llamado que no atendería ni loco hasta que termine el partido. Lo terminó. LOCURA. GRITO MUCHO. ¿Lloro? No, se aguantó. Pero temblaba. Mucho. Demasiado. “ estoy vivo?” pensó. De verdad, “estoy vivo?”

Pidió un pucho y se lo fumo depuse de 4 años sin fumar. Salió a la calle y se pasó un par de horas en el aire, recibiendo llamadas y contestando mensajes. Quería gritar a toda la gente que en ese domingo apacible paseaba tranquila que el era de Gimnasia. El tipo camino con el pecho inflado y se cruzó con algunos autos festejando.

Cuando volvió a su casa era ya de noche. El Toto acababa de acostarse y lo llamó a los gritos de la pieza
- Ganamos Toto. Dame un abrazo- el cuerpito caliente se acomodó entre la mole del tipo.
- Si Papi. Tres a cero. Gracias Pa. Zafamos. Gracias por hacerme del Lobo papi- el Toto sonrió y se le vio la ventanita que dejaba libre la ausencia de un diente frontal.

Entonces sí, por fin. El tipo lloró.


Ariel Hernán Oliveri. Mar del Plata.-

Zona de promesas

Después de dar tantas vueltas en la cama intentando descansar un ratito más, decidimos levantarnos ya que la ansiedad le había ganado al sueño. Eran alrededor de las 8.30 hs de aquel 12 de julio. Todavía era de noche, pero eso no nos quitó las ganas de comer facturas con unos mates calentitos. Nos abrigamos y salimos... 10 grados bajo cero, el auto escarchado por donde se lo mire y mi perra Ruby que no se animaba a salir a hacer lo que todos los perros hacen cuando salen temprano. Ante este panorama desolador decidimos que las facturas no eran buena idea, asique entramos a casa y sacamos las galletitas de agua húmedas de la alacena. Eso sí, el mate estaba calentito.

Cuando todo comenzó a descongelarse cerca del mediodía, fuimos a juntarnos con el resto de la familia tripera a ver el partido que Gimnasia jugaba contra Atlético de Rafaela y después ver si el ánimo nos permitía festejar el cumpleaños de mi mamá.

Llegó el momento de las cábalas: reubicación y distribución de la familia. Mi hermano Juan y mi mamá Alicia sentados en los sillones del living; Paulita, la más chiquita de la casa, con sus chiches por todos lados; mi papá Miguel, nervioso como de costumbre, se puso la camiseta que fechas atrás mi mamá había quemado con la plancha... y creer o reventar al Lobo le empezaron a salir mejor las cosas. Mi cuñada Pamela repartiendo mates a todos los que estábamos desparramados por la casa. Ruby estaba feliz en el sillón donde se acuesta cada vez que vamos a visitar a la familia. Y finalmente, mi novia Noelia y yo sentados en el comedor esperando el partido. Después de hacer zapping por todos los canales de deportes que transmitían imágenes del estadio del bosque, nos acomodamos porque ya era la hora del inicio del juego. 14.10 hs, la pelota comenzó a rodar y los nervios empezaron a jugar su partido porque no todos los días se logra remontar un 0-3.

Al mirar por televisión las tribunas repletas de gente se nos hizo un nudo en la garganta y los ojos se nos llenaron de lágrimas. Antes de venirnos a vivir a Tierra del fuego en febrero de este año, más precisamente la ciudad de Río Grande, íbamos religiosamente a la cancha a ver los partidos. A 3000 Km de nuestra querida ciudad de La Plata los sentimientos se potencian, y la ansiedad y los nervios se hacen insostenibles.

El partido seguía 0 a 0, no había muchas jugadas de peligro. El público local se estaba poniendo nervioso por la situación pero no dejaba de alentar al equipo. Finalmente terminó el primer tiempo. El Lobo seguía sin marcar y no podía quebrar el arco del rival. Atlético Rafaela por ahora era de Primera.

Aunque para muchos creyentes la fe es lo último que se pierde, 3 goles en 45 minutos era verdaderamente un milagro.

En el entretiempo hubo que aliviar tensiones... mate, facturas, café, cigarrillos y en algunos casos ni las uñas se salvaron.

Los 15 minutos pasaron volando y otra vez todos a sus respectivos lugares. Los primeros minutos de juego seguían como en el primer tiempo. Hasta que a los 20 minutos del segundo tiempo llega el primer suspiro de alivio de la tarde. Más que un suspiro fue un grito agónico; el Lobo se puso 1 a 0 gracias al Uruguayo Alonso. Pero todavía el resultado no alcanzaba.

En tanta alegría y euforia, no tuve mejor ocurrencia que prometer 3 cosas:
1. Me afeitaba la barba que me acompañó desde siempre.
2. Ir a misa después de tanto tiempo.
3. Y aunque no lo crean, y en un acto desesperado, ahora sí me sacrificaba por el Lobo... le dije a mi novia que si Gimnasia se quedaba en Primera Division, íbamos ese mismo lunes al registro civil y nos casábamos.

En ese mismo momento llamé a mis amigos Diego, Ezequiel (le decimos Cone), Luis y Leo que estaban en la cancha viendo el partido y les conté de mis promesas. En las primeras dos ideas no pusieron mayores objeciones pero ante el casamiento me dijeron que estaba loco aunque me quedara tranquilo que no me iba a casar porque el Lobo parecía lejos de concretar otros dos goles.

Cuando pensaba que el cumple de mi mamá se iba a suspender porque faltaban apenas unos minutos para que todo termine, y el ánimo y las caras llegaban al piso, llegó el gol del enano Niell que dejó afónico a más de uno y a muchos cerca del infarto. Era el 2 a 0 y quedaban apenas unos minutos que el árbitro había adicionado al tiempo reglamentario. La hazaña parecía estar cada vez mas cerca y aunque la alegría era inocultable, me preocupaba mucho mi estado civil.

Ahora si la frase la fe es lo último que se pierde parecía resultar para todos los triperos... y se hacía cada vez más fuerte en cada uno de nosotros.

Estábamos a tan solo un gol del milagro pero el reloj nos jugaba en contra. Cada tripero en cualquier lugar del mundo, quería entrar a la cancha a arremeter con todo. Quizás lo mismo pasaba por la cabeza de cada uno de nuestros guerreros.

Ya no había respeto por las cábalas... estábamos todos colgados del televisor como si así pudiéramos entrar a la cancha.

El Lobo iba, iba, iba pero no podía. Hasta que un centro de Cuevitas al segundo palo encuentra en el camino la cabeza de Niell y besa la red. Otra vez el héroe de la tarde; era el 3 a 0 milagroso que al lobo le permitía quedarse en primera. Con los gritos y los festejos hicimos saber que el lobo estaba presente en la Isla a pesar de la distancia. Abrazos, festejos y hasta se piantó un lagrimón. Que más se le podía pedir a ese día. Hasta mi mamá podía festejar su cumple tranquila.

Pero como dice la canción “Presente”... todo concluye al fin, y eso fue lo que pasó con mi alegría al recordar las promesas. El problema no era que ya no iba a tener más mi barba, ni tampoco ir de vez en cuando a la Iglesia a visitar al “Barba”, sino que mi soltería estaba transcurriendo sus últimas horas y encima sin despedida.

Como toda historia tiene su moraleja, en esta queda claro como el amor que uno siente por los colores nos lleva a cometer ciertas locuras. Pero... quien me quita lo bailado.




Acosta Julián Miguel/ Noelia Ayelén Echevarria. Rio Grande, Tierra del Fuego